El Gueto

Varsovia fue la ciudad escogida por la Alemania Nazi para establecer el gueto judío más grande de Europa durante el Holocausto. En Octubre de 1940, el Gobernador General alemán para Polonia, Hans Frank estableció la zona de aislamiento. Los nazis cerraron el acceso del gueto al mundo exterior cercándolo con alambres de púas y  un muro de 3 metros de altura y 18 kilómetros de largo.

A pesar de las condiciones inhumanas impuestas por los verdugos nacionalsocialistas,  los judíos polacos se las arreglaron para establecer un sistema de vida que los ayudara a sobrellevar la terrible realidad. Contaban con cantinas para repartían alimentos de forma gratuita; escuelas primarias, hospitales y orfelinatos. La vida cultural incluía prensa escrita, actividades religiosas, conciertos de música clásica, obras de teatro y exposiciones de arte.

En este tenebroso lugar, se desarrolló el famoso levantamiento del Gueto de Varsovia, una de las primeras revueltas masivas contra la ocupación nazi en Europa. En los tres años de su existencia, el hambre, las enfermedades y las deportaciones a campos de concentración y de exterminio redujeron su población de un total estimado en 400.000 a 50.000 habitantes.
Guardando la distancia con la tragedia judío-polaca,  pienso que la otrora alegre, optimista y pujante clase media venezolana se ha visto obligada a vivir marginada en guetos citadinos. Este grupo trascendental en la vida ciudadana sobrevive aislado entre alambres de púas, rejas  y paredes, algunas veces imaginarias, otras muy reales, en sectores que evita abandonar a toda costa. La inseguridad producto de la ineficiencia policial y la perversa política de estado chavista, que genera intencionalmente  miedo como instrumento de control, los ha obligado a subsistir en un auto encierro permanente.

Los ladrones, secuestradores y asesinos, muchas veces policías activos, hacen el trabajo de los nazis desalmados en Varsovia. Mantienen a raya a los habitantes del gueto citadino amenazando constantemente su integridad personal. Apoyados, directa o indirectamente, por la premeditada pero velada desidia gubernamental, cumplen con la  función de aterrorizar a la población todavía inocente de las siniestras intenciones del establishment chavista.

Se pasa del reclusorio de la casa o apartamento, protegido por puertas y rejas especiales, al del trabajo, colegio o universidad. Manejamos calabozos rodantes con vidrios ahumados muy oscuros, y blindaje, aquellos que pueden.  Hay que hacerlo con ojos en la espalda por el terror de que algún motorizado  toque la ventana renegrida con una pistolota calibre 45 y exija reloj: celular, cadena y cartera, y rezar para que tenga el detalle humanitario de no pegarte un tiro en la cabeza.

Pocas veces al mes, se visitan los  CCC (centros de confinamiento comerciales) lugares de compra y esparcimiento resguardados como prisiones por batallones de guardias. Las idas al cine se han convertido en una experiencia angustiante pues nunca se descarta el atraco múltiple ejecutado por un grupo comando. Entrar a la urbanizaciones y conjuntos residenciales se asemeja mucho al paso del muro de Berlín en tiempos de la  Alemania dividida: garitas, casetas, reflectores, rifles, escopetas, guardias, etc. Los privilegiados que poseen la acción de un club se aíslan en él a tratar de olvidar la realidad exterior diluidos en los traguitos de rigor. Caminar por calles  y bulevares pasó a ser una anécdota familiar más de las contadas por los padres, y que los hijos escuchan con escepticismo y asombro.

El sol, el tráfico insoportable y el gentío hacinado en las caóticas ciudades venezolanas curiosamente oculta el aislamiento mientras dura la claridad del día. La soledad y la opacidad nocturna descubren en toda su magnitud la angustia y el temor en los guetos.

Las salidas noctámbulas a restaurantes se hacen dentro del gueto, tempranito y en lugares protegidos. Aún así, nunca falta un acomodador de carros que pase información para que un grupo de secuestradores, probablemente liderado por un policía, cumpla con su faena diaria de “matar un tigrito, levantarse unos palos extra para los regalitos  de la familia”. La libación y el baile en antros trasnochadores se le dejan a los jóvenes, y a los mayorcitos amantes de los deportes extremos.

El visiteo después del crepúsculo es ahora una actividad con un altísimo contenido logístico: ¿La zona de tu gueto tiene vigilancia? ¿Cuántos calabozos rodantes caben en el estacionamiento de tu edificio? Llámame cuando salgas; dame un ring cuando llegues; no te bajes si ves algo raro, dale una vuelta a la manzana antes de meter el carro por si te están siguiendo; ¡ni de vaina se te ocurra despedirte en la calle¡ Los adioses tradicionales llenos de besos y apapuches pasaron a ser propiedad exclusiva de los imprudentes pendejos.
Cae la noche, los habitantes del gueto se recogen temprano. La oscura soledad inunda las calles  que en un pasado reciente rebosaban alegría y vitalidad. El silencio y la calma impregnados de miedo  se posesionan de la ciudad. La clausura muda es sólo interrumpida por alguna pareja entrada en años que regresa a casa asustada y con retardo, o por muchachos alegres que juegan a ser felices en su inconciencia juvenil.

En  el hogar, los padres se asoman sigilosamente por la ventana y con el corazón temblando de angustia, ven partir a sus hijos inocentes a disfrutar otra riesgosa juerga nocturna. Él coloca el teléfono celular sobre la mesa de noche y finge dormir. Ella, como en tantas noches, eleva una plegaria nocturna  a la virgencita para que el manto divino proteja a sus retoños adorados. Dos lágrimas ruedan sobre sus mejillas: llora porque su ciudad querida, la aldea de sus afectos, se ha convertido en un inmenso gueto peligroso y sombrío.

Carlos Vivas

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